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La carta

 

Cuando la mujer recibió la carta había terminado de preparar unos huevos revueltos con guisantes y tacos de jamón. Era de edad madura, y hacía mucho tiempo que no disfrutaba de una verdadera felicidad. Ya, casi, ni la deseaba. Oyó el sonido de las llaves en la cerradura, y a continuación la voz adusta de su esposo:

—Esta carta es para ti. Estaba en el buzón.

Él era un hombre de aire malhumorado. Antes de entregársela miró el remite, pero no lo tenía. Mientras se quitaba el abrigo le estuvo diciendo como siempre lo mal que se había encontrado durante el día, y que iba a pedir la baja, porque estaba demasiado débil para trabajar. Según dijo, sólo se mantenía en pie gracias a un trago de cuando en cuando.

—No hace falta que te disculpes —murmuró ella. —Te conozco bien.

Estaba harta de escuchar a diario su sarta de quejas, cuando acudía a la casa con un sospechoso olor en el aliento. Pero al fin y al cabo tenía que aguantarlo porque era su marido. Él se dejó caer en un viejo sillón.

—Te crees muy lista —dijo. —La mujer perfecta.

Fue cuando ella examinó la letra del sobre que tenía en la mano.

—Dios mío —se estremeció. Su corazón comenzó a latir fuertemente. Hacía tantos años que no había visto aquella letra y, sin embargo, la reconoció al instante. Estaba tan alterada que él lo notó, y dijo con el ceño fruncido:

—Vaya, tenemos secretos. ¿De quién es, si puede saberse? Ella dudó antes de contestar:

—No es nada de particular. Es una nota del tendero. Creo que le he dejado algo a deber.

Para disimular su nerviosismo fue hacia la cocina y volvió con una bandeja.

—Aquí tienes la cena —indicó. —Tómala antes de que se enfríe.

Volvió a la cocina y abrió con manos trémulas el sobre, mientras su cerebro confuso trataba de hallarle una explicación a aquella carta. Porque, después de tantos años, estaba reviviendo escenas que no recordaba siquiera.

—Es su letra, no hay duda —se dijo, mientras su vista se nublaba.

Era la letra de su antiguo novio, su verdadero y gran amor. Y haciendo acopio de todas sus fuerzas, sin siquiera sentarse empezó a leer:

“Querida mía, te extrañará mi carta. Después de mucho aguardar ha surgido algo inesperado, algo muy importante para nosotros dos. Mañana mismo tengo que embarcar para América, porque al parecer he recibido allí una importante herencia. Nunca he ambicionado el dinero, pero éste hará posible que no nos separemos más”.

A continuación la invitaba a marcharse con él, sin que le preocupara lo que dijeran los demás. Tan sólo le importaba ella, se había convencido de que sin ella no podía vivir. Pero si ella no acudía a su cita en el lugar y hora indicados, supondría que rechazaba su ofrecimiento.

—Esta comida está muy sosa —se oyó en el comedor. —Dame la sal.

—Ya voy, ya voy —contestó ella, escondiendo la carta.

Apenas recordaba ya cómo habían ocurrido las cosas. Sí recordó los malos ratos que pasó cuando aquel hombre desapareció de su vida sin ninguna explicación. Y ahora...

—¿Vas a traer la sal, sí o no? —repitió el marido con la boca llena.

—Ya voy, ya voy.

Después de dejar el salero se dirigió al baño y cerró la puerta por dentro; necesitaba estar sola unos momentos para meditar. Se aseguró de que estaba atrancado el pestillo y sacó nuevamente la carta que había arrugado en el bolsillo del delantal.

Ahora sabía que él no la había olvidado. ¿Qué extrañas circunstancias habrían marcado su vida? Y supo algo más: ella también lo amaba todavía. Procuraba imaginárselo en la actualidad, y de pronto sintió terror de abandonar a su marido para acudir a la cita de él. Dio la vuelta a la hoja, y halló una nota escrita a lápiz que decía:

 

“Si no me acompañas, pensaré que renuncias a mi amor y procuraré olvidarte”. Y había una fecha antigua: trece de mayo de mil novecientos setenta y dos. En el comedor, el reloj de pared daba las once de la noche.

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