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Relato de misterio

INVIERNO

      Hacía mucho frío fuera. Yo lo sabía, por eso no quería salir. No es que allí dentro hiciera calor, he de confesarlo. Pero no era lo mismo. Había estufas en los pasillos y, aunque produjeran mucho humo y lloraran los ojos, al menos los muros eran espesos y protegían de la intemperie y de la humedad del río.

       Bajo el puente era mucho peor. Había una neblina que empapaba hasta los huesos, haciendo que el reuma te atenazara por las noches como unos grandes alicates.

           Yo estaba allí por poco tiempo. Tenía un compañero de celda muy dicharachero, y por él supe que el río estaba helado.

         —Mal invierno—dijo, moviendo la cabeza.—Algunos no verán la primavera este año. Yo quería ver la primavera. En otro tiempo no hubiera temido al frío, pero ahora ya estaba viejo y tullido. No tenía fuerzas para enfrentarme con el exterior.

        —Antes era distinto —le dije. —La gente te echaba una mano. Ahora pasan de largo deprisa, como si estuvieras apestado.

          Al día siguiente, yo tendría que abandonar la prisión. Por más que le rogué al director que me dejara hasta el fin de semana, él no quiso oírme. Estaba empeñado en que saliera. Dijo que era la ley, y el reglamento, y algunas cosas más que no entendí.

        El guardián entraba varias veces al día en mi celda. Siempre me pareció el más humano de los empleados, y hasta decían que ayudaba a algunos reclusos con dinero de su bolsillo. Eso ya no lo sé con seguridad.

        —Es una buena persona—decían todos los compañeros.

       Vivía cerca, y de mañana su esposa y un niño pequeño lo acompañaban hasta la cárcel. Luego, ella le llevaba a mediodía una fiambrera con comida, y los oíamos hablar. Al niño lo vi muchas veces; era un chiquillo muy gracioso, tenía los ojos azules y unos rizos dorados. En verano, su madre lo llevaba a bañarse en el río. Fue allí donde yo lo conocí.

        El padre y yo habíamos hecho amistad. Me preguntó por mi familia y mis cosas y, como no quise contestarle, él me estuvo contando cosas de su niñez. Aquella mañana, la última de mi estancia en la cárcel, sentí que abría la puerta de la celda con llave.—Puedes marcharte —dijo.

      —¿Y si no quiero?

      —Si no quieres, también te vas a marchar. Son órdenes del director. No puedes estar más tiempo aquí, sólo por un atraco callejero.

       —¿No podría aguardar al final del invierno? —pregunté. —Hace mucho frío ahí fuera, y no sé si podré resistirlo.

          Él me miró con sus ojos azules.

        —Lo siento—dijo.—Pero tienes que irte.

        Me pareció inútil discutir. Era un funcionario honrado y no había forma de convencerlo, y menos de sobornarlo. Cuanto más, que yo no llevaba una sola moneda en el bolsillo.

       —Toma tus cosas —dijo él.

        La vi brillar en su mano. Era una navaja pequeña, casi un mondadientes. A un niño lo hubieran dejado jugar con ella.

      —Toma —dijo.—No te la olvides, te puede servir.

      La cogí de su mano. No pudo decir más, pero chilló. Un momento después, su ojo derecho se había convertido en una masa sanguinolenta.

     —Lo siento, amigo mío —dije.—Sabes que te aprecio de veras, pero hace frío y no quiero salir.

     Hoy me han dicho que está muerto. Y aunque lo juro, nadie quiere creerme: yo no quise hacerle tanto daño. No quise atentar contra su vida. Pero las cosas, algunas veces, se ponen así.

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